lunes, 25 de julio de 2016

“Aquí termina una etapa”


A continuación presentamos el relato que hiciera el Prof. Rodolfo Busch sobre los sucesos conocidos como La Noche de los Bastones Largos, cuando la policía tomó por asalto la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEyN-UBA), el 29 de julio de 1966.

Busch, Director del Departamento de Química Inorgánica, fue uno de los artífices del singular proceso de modernización que sufriera la FCEyN durante el decanato de Rolando García


“Aquí termina una etapa”

Por Rodolfo H. Busch


Viernes 29 de julio de 1966.

Griot me pidió ayuda para corregir exámenes escritos, entregándome los problemas dos y cinco. Son muchísimos, no ceo que tenga tiempo de corregir la mitad antes de las ocho. En el cuarto de al lado, Levitus está corrigiendo los suyos. De tanto en tanto, cambiamos impresiones.

A eso de las tres y media entra Silvana, pálida como un papel, corriendo y sin aliento.

- ¿Sabe algo de lo que pasó?

Detrás viene Ángel, más pálido todavía. Por un momento, pienso en un accidente, pero en seguida me aclara que ha sido intervenida la Universidad. Nadie sabe bien qué ocurre.
Parece que los interventores serían los propios decanos. Esto resulta tan ridículo que la sola idea es rechazada. Voy a ver al decano para salir de dudas. Sobre mi mesa quedan las pruebas escritas a medio corregir.

Bajo una, dos, tres escaleras. Pasillo, patio, escalera, pasillo, secretaría, decanato. El decano está rodeado por un grupo de profesores y graduados.

- Más respeto por el interventor –me recibe y estalla la carcajada general.

Pero la cosa es seria. García tampoco sabe que ocurre, pero no hay duda que el secretario de educación es un señor Gelly y Obes, especialista en museos, y que las universidades nacionales han sido intervenidas. García sale a buscar noticias al consejo superior.

Yo tengo problemas más inmediatos. El maldito pasaje a Resistencia para el lunes. Por supuesto, no podré ir, pero no me hace gracia perderlo. 
Llega el vicedecano y me pide que asista al juramento de dos egresados que nunca se preocuparon por el Diploma. Pero ahora quieren que lleve la firma del Decano y del Rector. Son Rita y el Gordo. Manuel me recomienda no bromear, es una ceremonia en serio. Juran. Nos abrazamos. Es, muy probablemente, el último juramento de la era autónoma. Manuel opina que habría que reunir al Consejo el sábado. Regresa García con el texto de la ley. Opina que no hay tiempo que perder, la reunión hay que hacerla esta noche o no se hará nunca. 

Se cita para las diez. Consigo mis pasajes, pero son más de las seis y Aerolíneas está cerrado. Paciencia. La griega se ofrece para cambiarlos mañana. Menos mal. Decido volver a Martínez a comer y regresar a las diez.

Llego exactamente sobre la hora. La facultad está llena. La sesión es breve pero solemne. La sala del Consejo está tan llena que no llego hasta mi asiento. Antes de comenzar reina un silencio impresionante. García informa sobre la ley y explica la posición del Rector, que ha decidido no aceptar las funciones de administrador, agregando que él tampoco acepta. Estallan aplausos, pero algunos aplauden llorando.

El vicedecano pide la palabra para comunicar que él tampoco se hará cargo. El profesor más antiguo, Dr. Zanetta, manifiesta su profunda fe democrática, su confianza en la actual estructura universitaria y agrega que él tampoco aceptará hacerse cargo de la facultad. Nuevos aplausos. Se propone adherir a la declaración del rector Fernández Long.

Se vota, resultando aprobado con una abstención, la del Sr. Magnou. Cabe aclarar que no estaban presentes todos los consejeros. Yo recuerdo a 14.

Durante los últimos minutos de la sesión, entraron varias veces las secretarias para informar al Dr. Romero de algo que lo inquietó, pero no se resolvió a interrumpir a García. Llegó a poner una mano sobre su brazo, pero el decano no reaccionó y Romero no llegó a decir nada. Probablemente fuera la noticia de que la Facultad estaba siendo rodeada por fuerzas de la policía. Antes de levantarse la sesión, el secretario presenta al Consejo su renuncia, que es aceptada. García opina que los alumnos deben retirarse con tranquilidad y que él y algunos consejeros nos quedaremos.

Se oyen altavoces que operan en la esquina de Alsina y Perú.

La policía ocupa la Faculad de Ciencias, por entonces ubicada en la Manzana de las Luces, en la calle Perú entre Alsina y Moreno (revista Así, 9 de agosto de 1966)


Imposible entender lo que dicen. El profesor Ambrose, del M.I.T., decide quedarse con nosotros. Lo invito a salir, explicándole lo que puede ocurrir. Me contestó:

- ¿Y Ud?
- Yo me quedo, soy profesor de esta Facultad.
- Y yo también –me dice en castellano- sólo me retiraría si mi presencia le costara alguna molestia adicional.
- No –le digo-al contrario.

Tampoco consigo persuadir a Chiqui Mercau, pero tengo éxito con Sara y Víctor. Sería una locura que se quedasen, después de la enfermedad de Víctor. Pero la ex consejera, que llegó hace dos días de Inglaterra, decide quedarse.

- Si vamos presos que vayamos por lo menos todos a la misma celda- me dice, pero su inquietud es evidente. Es inútil insistir, no quiere irse.  Se acercan Silvana y Susana. Silvana me abraza, trato de levantarles el ánimo con bromas. Susana se apoya en mi hombro y llora desconsoladamente. Pablo y el Toto se quedan.

Se oye ruido de madera al romperse y estampidos que parecen provenir del patio . Trato de distraer a la ex consejera con cuentos naúticos. Parece que en Beirut, donde trabaja, también se navega.

Se oyen gritos y una especie de ladridos, como órdenes ladradas. Empiezan a sentirse los gases lacrimógenos. Poco a poco, la atmósfera se vuelve irrespirable. La Beba me muestra la foto de su hijo de un año. Me invita a reunirme con ellos en Beirut. Instintivamente buscamos el aire libre de la salida. Las órdenes ladradas, gritos e insultos se oyen más claramente. Trato de proteger a la exconsejera, ya estamos entre policías armados hasta los dientes, con bastones y cascos, que golpean, gritan e insultan mientras nos arrean hasta el patio. En la escalera hacen zancadillas y aprovechan para golpear. Está oscuro y ha llovido. Tengo los ojos a la miseria. No se cómo no pierdo pie. Tienen apretujada a la gente, las manos en alto, contra la pared que da al subsuelo de genética. Debe haber de cuatro o cinco en fondo por un frente de 15 o 20.



Allí siguen los golpes y los insultos. Se oyen los golpes. “Qué mirás vos, hijo de puta”. Bastonazos a la cabeza. “al que apoye las manos en la pared le reviento los dedos”. Golpes, órdenes ladradas. “Más arriba las manos. Al primero que las baje lo bajamos, quiero ver sangre hoy”. “Matalo a ese hijo de puta. Terminalo” , “¿Están listos los pelotones de fusilamiento? “atorrantes, hijos de puta”. Alguien es perseguido por dos o tres. Golpes. Ladridos. “Matalo, quiero ver sangre”. Dónde andará la ex consejera. Dónde andará Simón. Parece que le pegan. Dónde andará Ambrose.

Alguien se cae. Es Jacovkis. “Levantate hijo de puta”.Patadas, “levántate te digo”. Golpes. Lo arrastran. No puedo girar la cabeza. Tengo dos o tres de estos degenerados justo a mi espalda. Cómo me pesan los brazos. ¿Hasta cuándo va a durar esto? “Más alto quiero ver los brazos”. Un mar de brazos trata de estirarse más. “Más arriba”. Golpes. ¿Si nos tiramos encima de ellos? ¿Somos más? Sería una masacre, con las manos limpias contra metralleta parece completamente estúpido, pero si nos quedamos aquí nos pueden masacrar impunemente.



Yo no sabia que el General Fonseca, Jefe de policía, estaba presenciando y dirigiendo la operación desde el monumento a Roca, ni sabía que a las once de la noche el General Señorans había ordenado tomar la facultad costase lo que costase. A estos brutos que ladran, patean, insultan y golpean, ¿los guardarán en jaulas? ¿Tendrán esposas, hijas, madres? Imposible. Ojalá Lucy se haya quedado en casa.

¿Cuánto va a durar esto? Ahora sacan a las chicas. Gritos. Golpes. Insultos. Qué bestias son. Hay una doble fila de policías con garrotes, con sus espaldas guardadas por otros armados de metralletas. No se dónde andará García. Van sacando a la gente de la pared, de a cinco o seis. Parece que hay que pasar entre la doble fila de bestias con palos.



Me toca a mi. Un empujón.” Vos debés tener experiencia en esto”. ¿Se creerán que somos alumnos crónicos? Otra patada. Un garrotazo, esta vez por la espalda. Adelante, otro garrotazo. Por ahora no lo siento. Cacheo. Buscan armas. No las hay. Tantean el encendedor . “¿Esto qué es? Epa” Me lo devuelven. Sigue el juego. Les gusta patear. Les gusta insultar. La cosa es no caerse. Pasamos por el aula magna. Siguen los golpes. Llego a la otra puerta. Sigue habiendo de estos hijos de puta en la bedelía, al pasillo de entrada. Último garrotazo. En la calle. Respiro. Policía de azul. Parece que aquí no pegan. Carlos Varsavsky está delante de mío. La sangre le gotea por las orejas, forma un mapa sobre su espalda. Tiene el impermeable empapado en sangre y un paraguas en la mano. Parece que está mareado.

Un estudiante se acerca al cordón de la vereda y vomita. 

Hay fotógrafos. Nos filman. Qué poca distancia nos separa de la libertad. Sólo una doble fila de canas. Pero más atrás están las ametralladoras. Intentar escapar sería una locura completa. Ahora se que el jefe de policía nos observaba con satisfacción. Somos los hijos de puta de la Facultad de Ciencias, apaleados, desalojados con gases lacrimógenos, insultados y aporreados por la más brutal de las tropas de choque, vergüenza de cualquier país civilizado. 

Y cargado de argentinidad, inspirado en los sueños de grandeza de nuestros próceres, con su mejor estilo de vida occidental y cristiano, nos observa el jefe de policía.

Que no se usen más polleras cortas, que no haya más carritos en la costanera, que haya luz en las boites, para que puedan distinguirse los sexos. El país será desarrollado. Se dará a los científicos el ambiente que requieran para trabajar. 

Ambiente que consiste en esto. Aporreados, con las manos en alto, con la cabeza ensangrentada, esperamos para ser trasladados a un carro celular.

Bueno, es todo.

Trepo al camión como puedo. Tiene un largo banco metálico a cada lado y está bastante lleno. Se levantan varios alumnos.

Me empujan con suavidad hasta dejarme sentado. A mi lado está el gordo Levitus. “¿Está herido Ud? “ no, creo que no mucho. Está Gey, alguien hace una broma. Esto está cada vez más lleno. Llega el chico que vomitó.

-Ahora estoy bien-dice-no se preocupen.

No hay mucho aire que digamos. Comienza el viaje. Parece que vamos al puerto. ¿Adónde iremos? Poco a poco se confirma. Al puerto. ¿Para qué? Se siente cuando cuzamos las vías de los ramales del ferrocarril. Pero no, vamos a la 22. 

Comenzamos a bajar. Mientras miro pensando donde saltar, me siento levantado por varios brazos de alumnos que me depositan sobre los adoquines, afrontando las iras policiales.

Pero no pasa nada. Nueva revisación por armas. Avanzamos tres metros. Otra revisación. A la celda. Varsavsky a la enfermería. Wexler a la enfermería. La celda tendrá unos 5 o 4 metros, con un excusado al lado y muy poca ventilación. Tiene un banco de piedra a lo largo de la pared.



Será para 4 personas pero somos 30 o 40. Viene un oficial a identificarnos. Empieza por Ambrose. No se entienden. Trato de actuar de intérprete. El oficial se asombra.

-¿Quién es este señor?
-Es un profesor contratado norteamericano.
-¿Cómo? ¿Hay profesores aquí? ¿Usted es profesor?
- Sí, somos varios. También está el secretario de la Facultad de Ciencias.

Prosigue la identificación. Subrayan los nombres de los profesores. Entretanto, hasta fumamos. Me acerco a Ambrose.

-Me avergüenza que esto pase en mi país -le digo.
-Sí, dice-cuándo estábamos contra la pared yo pensaba en Vietnam.

Varios alumnos escuchan en silencio.

Está Gustavo y resulta que tiene un hermano que también está aquí. El oficial termina la lista y nos cuenta a ver si falta alguno. No, está completa. Antes de salir, nos recomienda amablemente que no fumemos.

-Yo entiendo de celdas y cárceles más que ustedes-dice-esta celda es chica, si fuman se van a asfixiar.

La pesada puerta se cierra. Estamos presos. Me siento al lado de Ambrose, que se esfuerza por disculpar al jefe de su departamento por no haberse quedado a sufrir el castigo.

-Es un hombre muy enfermo-me dice.
-Claro, ya lo se bien, contesto. Además no estoy muy convencido que sea muy razonable hacerse golpear.

Los muchachos, entre tanto, ya están organizados. Gustavo dormita, la espalda apoyada contra la pared. Otros dos han producido un enorme bolso de papel lleno de bollitos. No comprendo de dónde lo habrán sacado ni cómo llegó hasta la celda. O si lo tenían consigo desde antes, previsoramente, defendiéndolo todo el tiempo. Como Carlos a su paraguas. Pero esta es otra historia. Los de los bollos han extendido un papel de diario en el piso y vuelcan el bolso.

Ahora, entre grandes manoseos, los cuentan y los vuelven al bolso.

- Uno entre cada dos, sentencian y parten a hacer la rueda de presos con su tesoro. Me tocaría uno a medias con Ambrose.

Confieso que no siento hambre y un poco de asco. Quedo bien diciendo, no gracias. No tengo sed. Pero tengo una gran tristeza que de tanto en tanto me sube a la garganta, como una marea.

Pero los estudiantes no me dejan en paz:

- Doctor, ¿Quiere un diario para sentarse encima? Es más calentito.
-No, no, estoy bien así, gracias.
- Doctor, ¿Qué le parece si dirige un seminario de química?
- No, química no. Hay algunos no químicos aquí. ¿por qué no discutimos la enseñanza de las ciencias básicas a nivel secundario? Así podemos intervenir todos.
-Bueno, bueno.

Entusiasmo general. Se juntan varios muchachos y quieren comenzar ya, a las dos o tres de la mañana. Ahora hay toda una fila de muchachos sentados en el suelo, con las piernas recogidas y la espalda apoyada en el de atrás. La fila da vuelta a la celda.

Pero vuelve el oficial, no me acuerdo para qué. He descubierto que tengo un dolor en el costado izquierdo que me empieza a molestar. Otra vez quedamos solos. Ambrose dormita. Está conforme consigo mismo. Había oído hablar mucho sobre Latinoamérica, me dice, pero mejor es vivirlas. Resultó valiente el yanqui este. Valiente y leal. Además, me gustó mucho la actitud de los muchachos cuando mencionó a Vietnam. Nadie dijo nada. No quisieron herirlo. Los “activistas” guardaron un respetuoso silencio, ante un ser humano que decía su sufrimiento. 

También recordé los gestos cariñosos con que me ayudaron a bajar del camión. En realidad, me bajaron en brazos, innecesariamente, desde luego, pero el gesto de protección y de cariño hacia un hombre mayor que ellos se siente. 

Hay mil detalles insignificantes que muestran el clima de comprensión y de amistad en el que hemos vivido. Molidos a palos, en una celda, los profesores siguen siendo profesores y sobre todo, todos seres humanos.

Hay una comisión que está preparando una lista de nombres y de teléfonos en la hipótesis de que Ambrose saldrá pronto y podrá avisar dónde estamos. Ambrose recibe la lista, pero está muy preocupado porque no sabe como se las va a arreglar con la cuestión del idioma. No terminamos de discutir este punto cuando vuelve el oficial y lo llama a Ambrose, tal como estaba previsto. Volvemos a quedar encerrados y sigue la vida normal. Hay un muchacho que tiene un garrotazo en la cabeza que le cruza la frente. Se le ha formado un chichón impresionante. Parece que tuviera un chorizo pegado sobre las cejas. Pasa un rato largo hasta que vuelve el oficial y llama a Gneri, Romero, Busch, Jacovkis y Varsasky. Se consigue agregar a Grotewold, Levitus y Flichman, no sin esfuerzo y principalmente gracias a unas tarjetas de visita que saca a relucir el Arístides. Con todo, es bueno caer preso en compañía de la autoridad. El secretario confirma con su habitual énfasis la condición de profesor de Juan y conseguimos calmar la ira del Gordo para que no nos complique más. 

"García (izq)  no se salvó de las pateaduras ni de los bastonazos, pero salió en libertad poco después de alcanzar la calle" (en la foto con los responsables del operativo policial)


Hay un señor que fue preso por marido y papá, pero que no tiene nada que ver con la facultad, como se apresuró a establecer. Pero siguió preso. A todos nos dio un poco de lástima. Fuimos a la guardia donde después de alguna espera procedieron a identificarnos. Nos reunimos de nuevo con Ambrose, quien tenía un aire muy cansado. Carlos tenía un vendaje impresionante en la cabeza. Una venda cono un turbante y otra que le cruza la cabeza y le toma el mentón, como usan algunas viejitas. Todavía no ha soltado su paraguas. 

La historia de su herida es bastante cómica.  Resulta que en un intervalo entre la doble fila de monstruos, o bateadores, como los bautizaron los muchachos, uno de los policías trató de apoderarse del paraguas y él, rápidamente, tiró del otro extremo con todas sus fuerzas. Pero se olvidó que el policía tenía en su mano derecha un hermoso garrote. El resultado fue que le cruzaron un par de palos en la cabeza.

- Pero no por eso solté el paraguas -dice Carlos- el paraguas sagrado.

De pronto, llegan Rolando y Giambiagi a la 22. García está como siempre.

- Soy el Decano de la Facultad de Ciencias, vengo a interesarme.
- Ya salen en libertad, lo interrumpe el oficial que está escribiendo nuestros nombres en un libro.

García no se salvó de las pateaduras ni de los bastonazos, pero salió en libertad poco después de alcanzar la calle.  Allí se encontró con Giambiagi que se salvó de todo por casualidad. Al terminar la sesión del consejo, salió a la calle, charlando con alguien. Cuando quiso volver, para participar del cambio de opiniones que se estaba desarrollando en el decanato, se encontró con que la facultad estaba siendo rodeada por la policía y presenció toda la operación desde la vereda. Yo lo acusé, riendo, de azuzar a la policía y a los bateadores a que no tuvieran misericordia con nosotros, particularmente con sus enemigos hereditarios, Juan y Flichman. Es increíble que pocos minutos después de iniciado el trámite para quedar en libertad ya nos estuviéramos riendo, tratando de olvidar los momentos vividos tan poco antes. El oficial estaba interrogando a Ambrose.

- Soltero o casado?
- Soltero.
- es usted un hombre felíz, observó el oficial
- Sí. Siempre. Menos hoy, contestó Ambrose y se puso serio.

Dividimos la hoja de los teléfonos en cuatro y salimos a la calle. No se nos tomó declaración, no se nos procesó por nada, nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados. De acuerdo al comunicado del gobierno, sólo se trató de ciertos alumnos, los activistas de siempre, que obligaron a la policía a intervenir. A causa de esta intervención resultaron 14 ó 15 policías lesionados, internados en el hospital Churruca. Pobres. En este procedimiento, las únicas lesiones son las que se habrían hecho entre ellos, pero tampoco lo creo. Hay una versión según la cual algunos policías de civil que penetraron en la facultad fueron confundidos y apaleados. No lo creo. Si uno de ellos hubiese caído en la línea, no salía de allí así nomás. Creo que se trata de una mentira para hacer creer al público que los alumnos se habían apoderado de la facultad y atacaron a pedradas a la policía y los inocentes guardias de seguridad, obrando en defensa propia, los apalearon. Pero se trataba de alumnos activstas y no había allí ni graduados, ni consejeros, profesores o decanos. No estaba Ambrose. En cierta medida, no contaron con él. En la calle aparecen Herrera y el infatigable Batta. Ambrose se aleja a grandes zancadas hacia el centro, seguido por Jacovkis. García se queda con Castellanos para tramitar la libertad de los demás. 

Levitus, Grotewold y Flichman van a buscar el coche de éste, estacionado frente a la facultad, maldito sea. Voy con ellos. Mi costilla se queja, pero camino bien. Recorremos a pie las diez o doce cuadras. Son las tres de la mañana, Levitus y yo sugerimos que vaya Flichman solo a buscar el coche, no tenemos ganas de acercarnos a Perú. Pero vamos. Flichman se pone a limpiar el parabrisas e inicia diversos arreglos, estacionado frente a la Facultad. Los otros tres lo insultamos en todos los tonos para irnos de allí de una vez.

Arrancamos con el vidrio inmundo y con visibilidad casi nula, pero por fin nos alejamos y empezamos a recorrer la ciudad semidesierta, normal, en la cual parece no haber pasado nada. Lo llevamos al Gordo; Juan y yo nos tomamos el 60 en Plaza Italia. Este 60 está repleto, como siempre. A cualquier hora del día o de la noche. Ahora sí que mis costillas se quejan. Los barquinazos me resultan bastante dolorosos. Pero en el fondo es otro dolor que nos llena. Juan se pone a contar quién se va adónde.

- Parece que Trotman-Dickenson va a poder armar un grupo lindo en Aberystwyth. Eduardo también piensa ir allá.

Me imaagino a Trotman, veo a nuestra gente trabajando allí, no puedo soportarlo. Le pido a Juan que cambie de tema.  Pero no es tan fácil. He visto muy poca gente tan tozuda, como diría Giambiagi. Se baja en Vicente López y sigo solo. Son cerca de las cuatro. ¿ Qué hago al llegar a casa? Preferiría olvidarlo todo. No tener que revivirlo. No contar lo que pasó. Meterme en cama, dormir, olvidar. No ha pasado nada.

Pero ha pasado algo. Lo que se ha destruido en las últimas doce horas ya no podrá rehacerse más. Tardamos diez años en construir esta Facultad, costó muchos esfuerzos, muchos sacrificios y muchos millones de dólares. La gente joven nos apoyó con esperanza. Hemos podido avanzar durante uno, dos, tres años. Era cada vez menos difícil convencer a la gente. Pasamos la terrible inflación del 58, no se cómo. Pero perdimos alguna gente. Aguiló y Huguet, por ejemplo.

Superamos de alguna manera la dificultad de conseguir vivienda. Los muchachos consiguieron préstamos. Claro que no fue gratis. Se fueron Móttola, Mari, Toni y otros. Pero a pesar de todo, conseguimos seguir creciendo. Se armaron los grupos de investigación. Se consiguió el dinero para equipo. Se inauguró el primer edificio de la Ciudad Universitaria en Nuñez, para matemática y física. Nuestro prestigio fue creciendo. Volver al país era una cuestión de honor. La producción científica aumenta. Aumenta casi demasiado. El clima comienza a ser de una gran competencia. El gordo está en pleno boom. Publica, publica y publica. Toma sobre si la responsabilidad de cualitativa. Nos acusan de cientificistas.

Pudimos dictar cursos para profesores secundarios. Planeamos un Instituto Tecnológico para encarar el estudio de temas de interés nacional y para dar salida a nuestra producción de científicos. El edificio de química, en la ciudad universitaria, está a seis meses de su inauguración. Profesores visitantes de prestigio en el mundo, aceptan pasar largas temporadas con nosotros. No niego que yo mismo me asombré cuando Cotton aceptó venir por diez meses a Buenos Aires. Pero consultó con Maddock y vino. Y no se arrepintió, quería venir nuevamente, pero por un año entero. Comprendió nuestra lucha, comprendió con toda claridad en qué términos está planeada.

Bueno, así llegamos a 1966. Con las bases científicas y técnicas perfectamente establecidas para emprender la gran tarea de la segunda etapa: desarrollar la tecnología. Tenemos la gente, tenemos excelentes perspectivas de financiación, digo teníamos, teníamos.

Ahora Eduardo a Aberystwyth, el Gordo y todo su grupo a Chile, no se si volverá Leo, no hablemos de Guido, Negrotti, Razumney, Lugo, Mahoma y no sé cuántos más que están afuera. Los que están aquí se irán, los que están afuera no vuelven. Bueno. ¿Y el equipo? ¿Los cajones sin abrir que se van a amontonar en el pasillo?. Bueno ¿y Eudeba? En fin, aquí terminó una etapa, no sabemos qué pasará con la siguiente.

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